Utilizará una goma
blanca
con cuatro letras
cruzándola
transversalmente
NATA
ATAN
NATA
La palabra
al acariciarse
transformará
en dedos diminitutos
a quien la descubra.
Ángela Torrijo Arce
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miércoles, 24 de marzo de 2010
lunes, 17 de agosto de 2009
Hospital Infantil: Corticoides
Te guardaste en un pañuelo
Todos los corazones
Hoy los han colgado en la puerta de la habitación
Junto a un nombre de colores
Y una flor
Luego un vaso escarchado en sonrisas
Te ayuda a tragar las pastillas
Ángela Torrijo Arce
Todos los corazones
Hoy los han colgado en la puerta de la habitación
Junto a un nombre de colores
Y una flor
Luego un vaso escarchado en sonrisas
Te ayuda a tragar las pastillas
Ángela Torrijo Arce
jueves, 13 de agosto de 2009
Hospital Infantil: Tobogán
…sólo sé que cuando la flecha de la tuya
giraba buscando espacio en el espacio,
agua y sed se encontraron…
Gioconda Belli
Las nubes resbalan
Entre
Tu respiración
Reloj
Las paredes te abrazan
Tu muñeca sonríe
Desde la puerta de entrada
Cruzando las piernas
(yo la garganta)
Ángela Torrijo Arce
giraba buscando espacio en el espacio,
agua y sed se encontraron…
Gioconda Belli
Las nubes resbalan
Entre
Tu respiración
Reloj
Las paredes te abrazan
Tu muñeca sonríe
Desde la puerta de entrada
Cruzando las piernas
(yo la garganta)
Ángela Torrijo Arce
viernes, 24 de abril de 2009
Déjame entrar

El sábado por la noche fui a ver una película de vampiros. Antes de entrar me quedé unos minutos en el coche, con la ventanilla bajada. Había un cocker en el vehículo de al lado mirándome. Prendí el encendedor y me lo acerqué. El perro seguía la luz rojiza del metal como yo. De vez en cuando nuestros ojos se juntaban. Al poco entró una mujer joven en el coche y el perro se la comió a besos. Ella sonreía. Volví a guardar el mechero y salí.
No sabía si la película acabaría gustándome. Un tema demasiado recurrente. Recuerdo Nosferatu, sola, de noche, en la oscuridad de mi comedor. Me daba miedo, pero no podía irme. El protagonista me infundía una mezcla de repugnancia y compasión, pero no sólo eso. Hay algo de inquietante y tierno en los monstruos, sumamente familiar y escondido, algo que a veces nos cuesta reconocer y que nos atrae profundamente. Un nexo de unión.
Los protagonistas son dos niños a punto de entrar en la adolescencia, ambos en total discordancia con el mundo que les rodea. El blanco polar de la pantalla casi se podía sentir, al apagarse la luz. El cuerpo de Oskar medio desnudo a través del cristal, un cuchillo en la mano, sangre en la boca de Elie. Ambos viven la monstruosidad: ¿ellos lo son, o es su vida la monstruosa?
Ella vio su terror sin que él supiera que era observado, el odio en los ojos azul acero, odio dentro de la mirada aún inocente, en la cara de piel de niño pequeño, cuando clavaba su navaja en el árbol. "Cerdo, chilla, cerdo", mientras mataba la corteza del árbol, desangrándolo. Después ojearía su libro de recortes, que en vez de fútbol o cantantes, contiene asesinatos, muertes. Todo lo que desearía hacer a los compañeros de colegio que le humillan y persiguen.
Ambos aman la debilidad del otro. Hay un momento clave en la cinta, es cuando Oskar descubre quién es Elie, y tiene que tomar un camino. Cuando ella le dice que por un momento se ponga en su piel. La mano del que sujetaba el cuchillo asesino de árboles, sabe que la comprende, que no puede evitar matar para poder vivir. “¿Puedo entrar? Dime que puedo entrar”, el terror pedía permiso para acceder a su habitación, y él dijo sí, aún después de haberla visto lamiendo unas cuantas gotas de sangre de su alfombra; su parte animal, monstruosa.
Hay quien ve en los vampiros una metáfora de la relación de poder que algunos viven en el amor, la relación de dominio, el poder. La sensación de que una vida pende de ti es tan inmensa que alguien pagaría, mataría, traicionaría, sería capaz de todo lo que ya se ha contado mil veces. Al acabar la película, justo en la escena final, lo entendí, no era nada de eso. En la monstruosidad de los seres deformes, como ellos, como nosotros, amor es poner la vida del uno, a los pies del otro.
Ángela Torrijo Arce
miércoles, 22 de abril de 2009
Cubo encerrado. Ángela Torrijo Arce
Cuando me presentan a alguien, no me dejo impresionar por su aspecto físico o por lo que dice: si es demasiado abierto, arisco, intelectual u osado, sino que en lugar de un juicio, viene una imagen a mi cabeza. A veces son personajes de libros que he leído, otras se asemejan a un animal, a una cosa. Hace poco conocí a un hombre chamán, tengo una jefa que me recuerda a la protagonista de "La Piel Fría", un compañero de trabajo es clavado a Ignatius J. Reilly, una amiga que es una mezcla entre una hiena, una boa y un oso de peluche, y una prima que es un balcón.
Hoy llevo todo el día fijándome en él: ojos grandes color ámbar, llenos de números y lágrima fácil. Anda con lentitud y sonríe poco. Cuando lo hace, enseña los dientes -recuerdo el momento en que en lugar de dientes había sólo una encía rosa y blanda de bebé, una encía que aliviaba con mi dedo índice, apretándolo-. Se le estiran las mejillas y buscando en su mirada, como quien ha perdido algo muy importante que necesita con urgencia, me he encontrado con un metal. No es un cuchillo, es algo más blando, pero con la frialdad que sólo da lo metálico. Mercurio en el fondo de los ojos de mi hijo. De repente, alguien que está a tu lado sufre una metamorfosis, le salen alas de colores y antenas, o se le llenan las pupilas de metal líquido y ha sucedido sin que te dieras cuenta, en silencio. Me entran ganas de llorar cuando siento que los cambios importantes se hacen siempre de puntillas.
Antes de preguntarle ha sido cuando le he visto: un cubo de madera duro y macizo. Un cubo de madera con celdas de colores, prestas a colocarse en orden siempre que se aplique una formula matemática correcta. No soy buena con los puzzles, ni con el cubo de rubik, ni con las cuentas. Soy mejor viendo imágenes o sabiendo lo que va a pasar un minuto antes de que pase. El cubo de madera de cerezo me ha mirado con sus pupilas metálicas de color míel y me ha dicho que no pasa nada, que no está triste, ni preocupado, que todo va bien. Y lo ha hecho fingiendo que me escuchaba mientras leía el exterior de una caja de laurel que llevaba yo en la mano, colocada al revés.
Hace años renuncié a los juegos que me resultaran incomprensibles. Hace menos años renuncié a entrar dentro de las habitaciones que me cerraran con llave. Aprendí que tienes que conformarte con lo que cada uno te da o elegir otra cosa. También que sólo valen las puertas que se abren solas. No funcionan tampoco los conjuros, sólo esperar sentada en el portal o irte. Aquella vez me fui. Hoy, mientras le servía una sopa de fideos me han entrado ganas de llorar y de gritarle que me dejara pasar. Luego me he acordado de mi padre, y de lo único que aprendí de sus gusanos americanos: para conseguir el pez, no puedes hacer otra cosa que soltar carrete. Si tiras del hilo en cuanto notas que ha picado el anzuelo, el animalito se desgarrará la boca, morirá igual, pero en el mar. Cuando ya sientes que el pez baja la intensidad en su nado, empiezas a recoger hilo poco a poco, para que no sospeche. Al final, cuando está cerca de la superficie del mar, hay un duelo que siempre gana el hombre. Un duelo injusto.
La llave que vale es la que te dan en la mano -me he repetido- no quiero otra. Enseguida me ha preguntado qué había después de la sopa. "Pescado", he respondido.
Hoy llevo todo el día fijándome en él: ojos grandes color ámbar, llenos de números y lágrima fácil. Anda con lentitud y sonríe poco. Cuando lo hace, enseña los dientes -recuerdo el momento en que en lugar de dientes había sólo una encía rosa y blanda de bebé, una encía que aliviaba con mi dedo índice, apretándolo-. Se le estiran las mejillas y buscando en su mirada, como quien ha perdido algo muy importante que necesita con urgencia, me he encontrado con un metal. No es un cuchillo, es algo más blando, pero con la frialdad que sólo da lo metálico. Mercurio en el fondo de los ojos de mi hijo. De repente, alguien que está a tu lado sufre una metamorfosis, le salen alas de colores y antenas, o se le llenan las pupilas de metal líquido y ha sucedido sin que te dieras cuenta, en silencio. Me entran ganas de llorar cuando siento que los cambios importantes se hacen siempre de puntillas.
Antes de preguntarle ha sido cuando le he visto: un cubo de madera duro y macizo. Un cubo de madera con celdas de colores, prestas a colocarse en orden siempre que se aplique una formula matemática correcta. No soy buena con los puzzles, ni con el cubo de rubik, ni con las cuentas. Soy mejor viendo imágenes o sabiendo lo que va a pasar un minuto antes de que pase. El cubo de madera de cerezo me ha mirado con sus pupilas metálicas de color míel y me ha dicho que no pasa nada, que no está triste, ni preocupado, que todo va bien. Y lo ha hecho fingiendo que me escuchaba mientras leía el exterior de una caja de laurel que llevaba yo en la mano, colocada al revés.
Hace años renuncié a los juegos que me resultaran incomprensibles. Hace menos años renuncié a entrar dentro de las habitaciones que me cerraran con llave. Aprendí que tienes que conformarte con lo que cada uno te da o elegir otra cosa. También que sólo valen las puertas que se abren solas. No funcionan tampoco los conjuros, sólo esperar sentada en el portal o irte. Aquella vez me fui. Hoy, mientras le servía una sopa de fideos me han entrado ganas de llorar y de gritarle que me dejara pasar. Luego me he acordado de mi padre, y de lo único que aprendí de sus gusanos americanos: para conseguir el pez, no puedes hacer otra cosa que soltar carrete. Si tiras del hilo en cuanto notas que ha picado el anzuelo, el animalito se desgarrará la boca, morirá igual, pero en el mar. Cuando ya sientes que el pez baja la intensidad en su nado, empiezas a recoger hilo poco a poco, para que no sospeche. Al final, cuando está cerca de la superficie del mar, hay un duelo que siempre gana el hombre. Un duelo injusto.
La llave que vale es la que te dan en la mano -me he repetido- no quiero otra. Enseguida me ha preguntado qué había después de la sopa. "Pescado", he respondido.
martes, 14 de abril de 2009
Incendiario. Ángela Torrijo Arce
INCENDIARIO I
Ella tiene dedos azules
Naranjas
Dedos que cambian la forma
Conforme viene el viento
A veces se apagan si sopla muy fuerte
Enseguida, no obstante,
Retorna la llama
Ella tiene el pelo
Color tela de araña
Cabellos muy finos
Entrelazados
No quiere acercarse
Al hombre
Sabe que quien huela su aliento
Morirá por siempre
Y vivirá
La piel (papiro) de aquel que se acerque
Se arrugará
Ante el calor
Abrirá la puerta
-El mango ardiendo-
Y mientras ve disolverse
Al que era,
Vislumbrará
El pozo
La llave
La pluma
Unos pies
Amantes
Una lengua negra
Ella tiene dedos azules
Naranjas
Dedos que cambian la forma
Conforme viene el viento
A veces se apagan si sopla muy fuerte
Enseguida, no obstante,
Retorna la llama
Ella tiene el pelo
Color tela de araña
Cabellos muy finos
Entrelazados
No quiere acercarse
Al hombre
Sabe que quien huela su aliento
Morirá por siempre
Y vivirá
La piel (papiro) de aquel que se acerque
Se arrugará
Ante el calor
Abrirá la puerta
-El mango ardiendo-
Y mientras ve disolverse
Al que era,
Vislumbrará
El pozo
La llave
La pluma
Unos pies
Amantes
Una lengua negra
lunes, 22 de diciembre de 2008
Artistas invitadas: Ángela y Delia
Nos imagino:
miramos por la ventana
en tu cuarto,
lejos.
Hay luces de navidad
por todas partes,
es de noche
y todo brilla,
menos nuestra casa.
Bendita la oscuridad
que nos rodea.
La penumbra
donde por primera vez
nos leemos
como autos de choque,
nuestros dedos
lenguas
piel
oscuridad extrema
del latido subterráneo.
En nuestra casa -te digo-
la luz brilla fuera.
Ángela Torrijo Arce
CANCIÓN CALLADA
Se abren los espejos de la vida
desangrados con la misma dulzura de la fruta
y salpican su historia en los callados.
Y los callados piensan
y no tienen mala suerte.
Brindan con las caras del pasado,
ayer, antes de ayer, antes del enigma.
(Sabes tú tanto de mí,
que yo me callo, y tú me quieres).
En un espejo hay vaho de un suspiro
la distancia personifica una minúscula nube
en la que de vez en cuando asoman tus manos
tan cuidadas
marcando el lenguaje de signos de la vida.
Ando entre semáforos besando el verde
yo, tan torpe, fríos mis labios de cristales.
Mi abismo y mi antifaz
tú me los guardas.
Alguien nos hizo ser así, sólo personas,
un envoltorio de palabras
sin letras ni hormiguero en el que definirse dichas letras.
Desear metros de abrazos
poder sentir sólo uno y no decirlo
por si algo encaja.
Callada siempre
desato el collar que nunca tuve
y la habitación salta en orquesta de abalorios.
Te escribo esta canción callada
y los mercurios ruedan
suavemente felices,
saltan con fiebre de alpinista
con el mismo efecto del aplauso solidario
y ensordecen la boca más sellada
sin negar el cuerpo.
Esa ecuación a medias ya no asusta.
Tu abrazo, tú, tu espalda,
sois tan vuestros,
guardados en el fondo de un cajón oscuro
que yo abro y miro,
y cierro, pañuelito rosa,
tan humildemente doblado.
Di que fuimos en algún sitio
y que ahora volvemos sólo a ser de nuevo
si es que se puede ser un poco más.
Delia Aguiar
miramos por la ventana
en tu cuarto,
lejos.
Hay luces de navidad
por todas partes,
es de noche
y todo brilla,
menos nuestra casa.
Bendita la oscuridad
que nos rodea.
La penumbra
donde por primera vez
nos leemos
como autos de choque,
nuestros dedos
lenguas
piel
oscuridad extrema
del latido subterráneo.
En nuestra casa -te digo-
la luz brilla fuera.
Ángela Torrijo Arce
CANCIÓN CALLADA
Se abren los espejos de la vida
desangrados con la misma dulzura de la fruta
y salpican su historia en los callados.
Y los callados piensan
y no tienen mala suerte.
Brindan con las caras del pasado,
ayer, antes de ayer, antes del enigma.
(Sabes tú tanto de mí,
que yo me callo, y tú me quieres).
En un espejo hay vaho de un suspiro
la distancia personifica una minúscula nube
en la que de vez en cuando asoman tus manos
tan cuidadas
marcando el lenguaje de signos de la vida.
Ando entre semáforos besando el verde
yo, tan torpe, fríos mis labios de cristales.
Mi abismo y mi antifaz
tú me los guardas.
Alguien nos hizo ser así, sólo personas,
un envoltorio de palabras
sin letras ni hormiguero en el que definirse dichas letras.
Desear metros de abrazos
poder sentir sólo uno y no decirlo
por si algo encaja.
Callada siempre
desato el collar que nunca tuve
y la habitación salta en orquesta de abalorios.
Te escribo esta canción callada
y los mercurios ruedan
suavemente felices,
saltan con fiebre de alpinista
con el mismo efecto del aplauso solidario
y ensordecen la boca más sellada
sin negar el cuerpo.
Esa ecuación a medias ya no asusta.
Tu abrazo, tú, tu espalda,
sois tan vuestros,
guardados en el fondo de un cajón oscuro
que yo abro y miro,
y cierro, pañuelito rosa,
tan humildemente doblado.
Di que fuimos en algún sitio
y que ahora volvemos sólo a ser de nuevo
si es que se puede ser un poco más.
Delia Aguiar
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