El perro de mis vecinos chinos se llama Oca. También podría ser Noca, Monca, Onca, Loca, pero de todos esos nombres que oigo cuando se dirigen al animal he elegido Oca. Cada vez les llega la hora de acostarse, escucho desde mi balcón a la mamá china luchar contra Oca para que no pase la noche dentro de casa. Oca, pasa por aquí; Oca, fuera; no, Oca, no; Oca, vamonooos. Me llama la atención y me hace pensar mucho que se diriga al perro en castellano. Me parece lógico que a veces use el castellano con sus hijos, muy pequeños los dos, pero que lo haga con el perro me extraña. A veces pienso que no se dirige al perro, que más bien se dirige a alguien que pudiera estar escuchándola. Probablemente usa el castellano porque quiere que alguien la entienda cuando habla con Oca. Por mi parte tengo claro que si le hablara a Oca en chino, no estaría pendiente de ella ni permanecería en el balcón hasta que acabara. Me gusta sobre todo el momento en el que consigue que Oca se quede quieto y acepte que va a pasar la noche fuera, cuando cierra la puerta diciéndole “buenas noches...adios”. Siento un cosquilleo con ese buenas noches, pues lo dice con tanta suavidad que más que a despedida suena a caricia, a dulce caricia china.
Carlos Carrión Guardia
martes, 7 de julio de 2009
Poema compulsivo. Ángela Torrijo
Ella deja la mente en blanco
cuando conduce
cuando la conducen
y el cielo
se mueve
y los ojos la miran
desde la ventana
en movimiento
que respira
como su pecho
como los ojos
que la miran
a través de los árboles
las nubes
las señales de tráfico.
Entonces ella los cierra
para dejarse mirar mejor.
Ángela Torrijo Arce
cuando conduce
cuando la conducen
y el cielo
se mueve
y los ojos la miran
desde la ventana
en movimiento
que respira
como su pecho
como los ojos
que la miran
a través de los árboles
las nubes
las señales de tráfico.
Entonces ella los cierra
para dejarse mirar mejor.
Ángela Torrijo Arce
viernes, 8 de mayo de 2009
11 hits de 2009
Mount Kimbie: Maybes
Hot Chip & Robert Wyatt: We´re Looking For A Lot Of Love
Rebolledo feat Matias Aguayo: Pitaya Frenesi
Animal Collective: Brother Spot
Black Dice: Glazin
Dirty Projectors: Stillnes Is The Move
La Roux - In For The Kill (Skream's Let's Get Ravey Mix)
The Pains Of Being Pure At Heart: Young Adult Friction
Jeremy Jay: Where Could We Go Tonigh
Swan Lake: Paper Lace
Neko Case: This Tornado Loves You
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martes, 5 de mayo de 2009
Carta desde Buenos Aires. Delia Aguiar
Hoy he recibido una carta desde Buenos Aires. No es una carta ni demasiado corta ni demasiado larga, ni excesivamente bonita. En realidad es una carta de alguien a quien yo escribí, y simplemente me ha contestado. Es de un profesor con quien comparto algunos correos de vez en cuando, casi siempre relacionados con su asignatura, y da la casualidad de que se ha ido a Buenos Aires para dar unas conferencias y mi carta ha sido respondida desde allí.
Y es que desde hace bastantes años yo tengo buenas relaciones con Buenos Aires, quiero decir que de vez en cuando echo un baile con esa ciudad en mi memoria, y es una de esas ciudades con las que sólo se podría bailar llevando un vestido negro con un largo escote por la espalda; una de esas ciudades que necesita explorar los escotes que se hacen eternos por la espalda, y una ciudad que nunca dejaría de pasarte los dedos por la columna vertebral hasta llegar a la cintura. Una ciudad que toca el piano con tus vértebras y una ciudad cuyas luces se quedan grabadas en los lunares de tus omóplatos.
Hoy he recordado cómo era esa ciudad de noche, sus cines, sus kioscos, y me he tumbado en la cama bocabajo estirando mucho los brazos para imaginar que mi cuerpo era la superficie de su aeropuerto y que allí aterrizaban los aviones, y en mi piel se producían abrazos y se lloraban despedidas, y los taxistas en sus coches esperaban la salida de los viajeros con las ventanillas abiertas y con la indiferencia que produce la costumbre que les hace olvidar lo que significa estar en Buenos Aires. Y casi en las afueras, en una larga avenida de aceras anchas como son las aceras de Buenos Aires, mi profesor paseaba algo perdido, sin saber que sus pasos transcurren por mi espalda y que, a diferencia de lo que el cree (que camina por Buenos Aires), es Buenos Aires la que está caminando por su espalda. Buenos Aires no es en realidad una ciudad, sino un acontecimiento que bebe de las médulas.
Delia Aguiar
Y es que desde hace bastantes años yo tengo buenas relaciones con Buenos Aires, quiero decir que de vez en cuando echo un baile con esa ciudad en mi memoria, y es una de esas ciudades con las que sólo se podría bailar llevando un vestido negro con un largo escote por la espalda; una de esas ciudades que necesita explorar los escotes que se hacen eternos por la espalda, y una ciudad que nunca dejaría de pasarte los dedos por la columna vertebral hasta llegar a la cintura. Una ciudad que toca el piano con tus vértebras y una ciudad cuyas luces se quedan grabadas en los lunares de tus omóplatos.
Hoy he recordado cómo era esa ciudad de noche, sus cines, sus kioscos, y me he tumbado en la cama bocabajo estirando mucho los brazos para imaginar que mi cuerpo era la superficie de su aeropuerto y que allí aterrizaban los aviones, y en mi piel se producían abrazos y se lloraban despedidas, y los taxistas en sus coches esperaban la salida de los viajeros con las ventanillas abiertas y con la indiferencia que produce la costumbre que les hace olvidar lo que significa estar en Buenos Aires. Y casi en las afueras, en una larga avenida de aceras anchas como son las aceras de Buenos Aires, mi profesor paseaba algo perdido, sin saber que sus pasos transcurren por mi espalda y que, a diferencia de lo que el cree (que camina por Buenos Aires), es Buenos Aires la que está caminando por su espalda. Buenos Aires no es en realidad una ciudad, sino un acontecimiento que bebe de las médulas.
Delia Aguiar
viernes, 24 de abril de 2009
Déjame entrar

El sábado por la noche fui a ver una película de vampiros. Antes de entrar me quedé unos minutos en el coche, con la ventanilla bajada. Había un cocker en el vehículo de al lado mirándome. Prendí el encendedor y me lo acerqué. El perro seguía la luz rojiza del metal como yo. De vez en cuando nuestros ojos se juntaban. Al poco entró una mujer joven en el coche y el perro se la comió a besos. Ella sonreía. Volví a guardar el mechero y salí.
No sabía si la película acabaría gustándome. Un tema demasiado recurrente. Recuerdo Nosferatu, sola, de noche, en la oscuridad de mi comedor. Me daba miedo, pero no podía irme. El protagonista me infundía una mezcla de repugnancia y compasión, pero no sólo eso. Hay algo de inquietante y tierno en los monstruos, sumamente familiar y escondido, algo que a veces nos cuesta reconocer y que nos atrae profundamente. Un nexo de unión.
Los protagonistas son dos niños a punto de entrar en la adolescencia, ambos en total discordancia con el mundo que les rodea. El blanco polar de la pantalla casi se podía sentir, al apagarse la luz. El cuerpo de Oskar medio desnudo a través del cristal, un cuchillo en la mano, sangre en la boca de Elie. Ambos viven la monstruosidad: ¿ellos lo son, o es su vida la monstruosa?
Ella vio su terror sin que él supiera que era observado, el odio en los ojos azul acero, odio dentro de la mirada aún inocente, en la cara de piel de niño pequeño, cuando clavaba su navaja en el árbol. "Cerdo, chilla, cerdo", mientras mataba la corteza del árbol, desangrándolo. Después ojearía su libro de recortes, que en vez de fútbol o cantantes, contiene asesinatos, muertes. Todo lo que desearía hacer a los compañeros de colegio que le humillan y persiguen.
Ambos aman la debilidad del otro. Hay un momento clave en la cinta, es cuando Oskar descubre quién es Elie, y tiene que tomar un camino. Cuando ella le dice que por un momento se ponga en su piel. La mano del que sujetaba el cuchillo asesino de árboles, sabe que la comprende, que no puede evitar matar para poder vivir. “¿Puedo entrar? Dime que puedo entrar”, el terror pedía permiso para acceder a su habitación, y él dijo sí, aún después de haberla visto lamiendo unas cuantas gotas de sangre de su alfombra; su parte animal, monstruosa.
Hay quien ve en los vampiros una metáfora de la relación de poder que algunos viven en el amor, la relación de dominio, el poder. La sensación de que una vida pende de ti es tan inmensa que alguien pagaría, mataría, traicionaría, sería capaz de todo lo que ya se ha contado mil veces. Al acabar la película, justo en la escena final, lo entendí, no era nada de eso. En la monstruosidad de los seres deformes, como ellos, como nosotros, amor es poner la vida del uno, a los pies del otro.
Ángela Torrijo Arce
miércoles, 22 de abril de 2009
Manos. Delia Aguiar
Cuando no hablas dicen que te ha comido la lengua el gato, cuando no escribes dirán que te ha comido la mano el gato. Y es que mi mano está en el rincón de algún camastro de mascota, en la esquina de una de esas cestas acolchadas con tela a cuadros donde se meten los animales a dormir. Está siendo olisqueada y sin ningún aroma interesante es abandonada junto a otros juguetes de morder, desenhebrar o arañar. No tengo manos porque ya no tengo corazón, él se llevó lo que había. La última vez, en su despacho, yo junté sus palmas como si le pusiera a rezar a la altura de mi boca, y luego besé el punto de unión de sus dedos corazones. Él introdujo su mano por mi escote, hizo hueco por el sujetador y la dejó allí quieta, posada sobre un montículo de carne templada. Todo el tiempo que gastamos en mirarnos a los ojos en silencio esa mañana es el tiempo que yo debería usar en escribir, un concentrado de tiempo. Pero nuestras manos dicen cosas tan distintas, tienen letras tan desacordes en el tiempo que ya no comprendo qué es mi mano, qué es la suya, y sólo sé que debo separarlas. Pero esa separación es ajena a mí, soy incapaz de llevarla conmigo. Lo que dejo lo dejo en el camino y mi mano queda abandonada en el camastro de algún animal doméstico. Apenas puedo decir nada, sólo emitir convulsiones, convertirme en un pulpo lleno de tentáculos que se agitan como los dedos de una mano enorme que jamás podrá decir nada ordenado, porque en su centro sólo hay rejas, una pequeña ventana construida con las líneas de la mano. Jamás nos enseñaron que las líneas de la mano eran las rejas.
Cubo encerrado. Ángela Torrijo Arce
Cuando me presentan a alguien, no me dejo impresionar por su aspecto físico o por lo que dice: si es demasiado abierto, arisco, intelectual u osado, sino que en lugar de un juicio, viene una imagen a mi cabeza. A veces son personajes de libros que he leído, otras se asemejan a un animal, a una cosa. Hace poco conocí a un hombre chamán, tengo una jefa que me recuerda a la protagonista de "La Piel Fría", un compañero de trabajo es clavado a Ignatius J. Reilly, una amiga que es una mezcla entre una hiena, una boa y un oso de peluche, y una prima que es un balcón.
Hoy llevo todo el día fijándome en él: ojos grandes color ámbar, llenos de números y lágrima fácil. Anda con lentitud y sonríe poco. Cuando lo hace, enseña los dientes -recuerdo el momento en que en lugar de dientes había sólo una encía rosa y blanda de bebé, una encía que aliviaba con mi dedo índice, apretándolo-. Se le estiran las mejillas y buscando en su mirada, como quien ha perdido algo muy importante que necesita con urgencia, me he encontrado con un metal. No es un cuchillo, es algo más blando, pero con la frialdad que sólo da lo metálico. Mercurio en el fondo de los ojos de mi hijo. De repente, alguien que está a tu lado sufre una metamorfosis, le salen alas de colores y antenas, o se le llenan las pupilas de metal líquido y ha sucedido sin que te dieras cuenta, en silencio. Me entran ganas de llorar cuando siento que los cambios importantes se hacen siempre de puntillas.
Antes de preguntarle ha sido cuando le he visto: un cubo de madera duro y macizo. Un cubo de madera con celdas de colores, prestas a colocarse en orden siempre que se aplique una formula matemática correcta. No soy buena con los puzzles, ni con el cubo de rubik, ni con las cuentas. Soy mejor viendo imágenes o sabiendo lo que va a pasar un minuto antes de que pase. El cubo de madera de cerezo me ha mirado con sus pupilas metálicas de color míel y me ha dicho que no pasa nada, que no está triste, ni preocupado, que todo va bien. Y lo ha hecho fingiendo que me escuchaba mientras leía el exterior de una caja de laurel que llevaba yo en la mano, colocada al revés.
Hace años renuncié a los juegos que me resultaran incomprensibles. Hace menos años renuncié a entrar dentro de las habitaciones que me cerraran con llave. Aprendí que tienes que conformarte con lo que cada uno te da o elegir otra cosa. También que sólo valen las puertas que se abren solas. No funcionan tampoco los conjuros, sólo esperar sentada en el portal o irte. Aquella vez me fui. Hoy, mientras le servía una sopa de fideos me han entrado ganas de llorar y de gritarle que me dejara pasar. Luego me he acordado de mi padre, y de lo único que aprendí de sus gusanos americanos: para conseguir el pez, no puedes hacer otra cosa que soltar carrete. Si tiras del hilo en cuanto notas que ha picado el anzuelo, el animalito se desgarrará la boca, morirá igual, pero en el mar. Cuando ya sientes que el pez baja la intensidad en su nado, empiezas a recoger hilo poco a poco, para que no sospeche. Al final, cuando está cerca de la superficie del mar, hay un duelo que siempre gana el hombre. Un duelo injusto.
La llave que vale es la que te dan en la mano -me he repetido- no quiero otra. Enseguida me ha preguntado qué había después de la sopa. "Pescado", he respondido.
Hoy llevo todo el día fijándome en él: ojos grandes color ámbar, llenos de números y lágrima fácil. Anda con lentitud y sonríe poco. Cuando lo hace, enseña los dientes -recuerdo el momento en que en lugar de dientes había sólo una encía rosa y blanda de bebé, una encía que aliviaba con mi dedo índice, apretándolo-. Se le estiran las mejillas y buscando en su mirada, como quien ha perdido algo muy importante que necesita con urgencia, me he encontrado con un metal. No es un cuchillo, es algo más blando, pero con la frialdad que sólo da lo metálico. Mercurio en el fondo de los ojos de mi hijo. De repente, alguien que está a tu lado sufre una metamorfosis, le salen alas de colores y antenas, o se le llenan las pupilas de metal líquido y ha sucedido sin que te dieras cuenta, en silencio. Me entran ganas de llorar cuando siento que los cambios importantes se hacen siempre de puntillas.
Antes de preguntarle ha sido cuando le he visto: un cubo de madera duro y macizo. Un cubo de madera con celdas de colores, prestas a colocarse en orden siempre que se aplique una formula matemática correcta. No soy buena con los puzzles, ni con el cubo de rubik, ni con las cuentas. Soy mejor viendo imágenes o sabiendo lo que va a pasar un minuto antes de que pase. El cubo de madera de cerezo me ha mirado con sus pupilas metálicas de color míel y me ha dicho que no pasa nada, que no está triste, ni preocupado, que todo va bien. Y lo ha hecho fingiendo que me escuchaba mientras leía el exterior de una caja de laurel que llevaba yo en la mano, colocada al revés.
Hace años renuncié a los juegos que me resultaran incomprensibles. Hace menos años renuncié a entrar dentro de las habitaciones que me cerraran con llave. Aprendí que tienes que conformarte con lo que cada uno te da o elegir otra cosa. También que sólo valen las puertas que se abren solas. No funcionan tampoco los conjuros, sólo esperar sentada en el portal o irte. Aquella vez me fui. Hoy, mientras le servía una sopa de fideos me han entrado ganas de llorar y de gritarle que me dejara pasar. Luego me he acordado de mi padre, y de lo único que aprendí de sus gusanos americanos: para conseguir el pez, no puedes hacer otra cosa que soltar carrete. Si tiras del hilo en cuanto notas que ha picado el anzuelo, el animalito se desgarrará la boca, morirá igual, pero en el mar. Cuando ya sientes que el pez baja la intensidad en su nado, empiezas a recoger hilo poco a poco, para que no sospeche. Al final, cuando está cerca de la superficie del mar, hay un duelo que siempre gana el hombre. Un duelo injusto.
La llave que vale es la que te dan en la mano -me he repetido- no quiero otra. Enseguida me ha preguntado qué había después de la sopa. "Pescado", he respondido.
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